México es un país de valores conservadores, mayoritariamente católico, con profundas raíces indígenas milenarias que conviven con una identidad mestiza forjada a lo largo de siglos. Esta mezcla lo convierte en una de las naciones más complejas y, a su vez, exitosas del mundo contemporáneo.
Gracias a su apertura económica en las últimas décadas —impulsada por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994 y el posterior T-MEC en 2020—, México pasó de ser una economía dependiente del petróleo (que representaba solo el 10% de sus exportaciones en 1995) a convertirse en un gigante manufacturero. Hoy produce y exporta automóviles (3,479,086 vehiculos exportados en 2024), electrodomésticos (15,940 millones de dolares en exportaciones en 2024), alimentos procesados (50 mil millones de dólares exportados en 2024), alta tecnología (9,800 millones de dólares en exportaciones en 2024), entre otros productos.
Sin embargo, este modelo se enfrenta ahora a una nueva disyuntiva: ¿hacia dónde puede diversificarse México si su principal socio comercial, Estados Unidos, impulsa una política de relocalización industrial? La amenaza de un repliegue económico estadounidense hacia una producción interna —aún insuficiente para cubrir su propia demanda— plantea un reto estructural para la economía mexicana y mundial.
Esta incertidumbre no es un fenómeno nuevo, pero en la posmodernidad se ha vuelto una constante. Hoy, más que nunca, la incertidumbre es estructural, persistente y, a menudo, una herramienta de poder. Así lo demuestra la política del presidente Donald Trump, quien ha basado buena parte de su estrategia en generar tensión económica, diplomática y comercial.
Durante la modernidad clásica —especialmente desde el siglo XVIII, con el auge de la Ilustración— prevalecía la creencia en que el ser humano podía entender y controlar el mundo mediante la razón, la ciencia y el progreso. Se tenía fe en el orden, la planificación y el futuro.
La posmodernidad, en cambio, desmantela esas certezas. Es un mundo fragmentado, sin grandes relatos ni verdades absolutas; volátil, con cambios sociales y tecnológicos vertiginosos; relativista, donde la verdad depende del contexto; globalizado, en el que lo que ocurre en un país repercute de inmediato en otro; e hiperconectado, con una sobreabundancia de información que, paradójicamente, genera más confusión que claridad.
El sociólogo Zygmunt Bauman describió esta época como la “modernidad líquida”: un tiempo en el que nada es sólido —ni el empleo, ni las relaciones personales, ni la identidad. Jean-François Lyotard hablaba del “fin de los grandes relatos”, esos discursos colectivos que antes brindaban seguridad. Ulrich Beck, por su parte, teorizó sobre la “sociedad del riesgo”, en la que enfrentamos amenazas globales e invisibles, como el cambio climático o las crisis financieras.
En este contexto, las políticas de Donald Trump generan múltiples niveles de incertidumbre para México:
Inversión extranjera: Las decisiones unilaterales e impredecibles —como la imposición de aranceles— desalientan la inversión extranjera, encarecen el crédito y frenan la creación de empleo.
Comercio internacional: Aunque el T-MEC está en vigor, la administración Trump ya ha demostrado que puede ignorar acuerdos internacionales, lo que genera desconfianza en el sistema multilateral.
Planeación empresarial: Las empresas mexicanas no pueden prever si sus productos enfrentarán nuevas barreras comerciales, lo que complica su logística y estrategia de crecimiento.
Relaciones diplomáticas: Las posturas agresivas del gobierno de EU también afectan la cooperación bilateral en temas clave como migración, seguridad y narcotráfico.
Impacto financiero: Las declaraciones y acciones de Trump suelen desestabilizar los mercados, afectar el tipo de cambio y modificar la percepción de riesgo país. Aunque el gobierno mexicano ha sido prudente manejando un discurso con inteligencia emocional, para no caer en provocaciones y generar conflictos adicionales a la ya tensa relación bilateral, lo que indudablemente hizo que el T-MEC sea respetado por Trump.
La incertidumbre, entonces, se convierte no solo en un resultado de estas políticas, sino también en un instrumento. Al generar presión y desestabilizar al adversario, se abre un margen de maniobra para negociar desde una posición de fuerza. Sin embargo, los costos —tanto internos como externos— pueden ser profundos y duraderos.
México, con su resiliencia histórica y su potencial productivo, debe prepararse para navegar este mar líquido. El desafío no es solo adaptarse, sino anticiparse: diversificar mercados, fortalecer su mercado interno y consolidar alianzas estratégicas más allá de su frontera norte, América del sur deberia ser objetivo. Solo así podrá garantizar estabilidad en un mundo donde, como diría Bauman, todo fluye… y nada permanece.
El Autor es director legal de Venemex, Asociación de Venezolanos en México, A.C.
www.venemex.org, Abogado por la Universidad Santa María de Caracas, Máster en Derecho Internacional por la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México. Doctor Honoris Causa.